Catacumbas de Roma: visión general. Origen, usos y etapas

Catacumbas de Roma: visión general. Origen, usos y etapas

Catacumbas de Roma: visión general. Origen, usos y etapas

Decía María Zambrano: «Es la vida en las catacumbas una vida oculta, subterránea, yo diría que una vida que discurre en el silencio. Pero el silencio solo ocurre en las catacumbas en un primer momento; pronto se puebla de un rumor similar al de un río, el río de la inmensidad del tiempo; de todo el tiempo». Aunque su reflexión era estrictamente filosófica y aludía al periodo de oscuridad que afectaba al pensamiento europeo durante la Segunda Guerra Mundial (ARCOS, 2007: 443), la poesía que destilan sus letras nos sirve para adaptar sus reflexiones a la oscuridad que también se cernía sobre la época en la que se construyeron estas tumbas y el silencio que acompañó a los mártires y primeros cristianos allí enterrados.

Orígen del término y destino como enterramiento

Las catacumbas —término que deriva de un topónimo romano del siglo VI para referirse a las hondonadas y depresiones que caracterizaban el terreno situado entre las piedras miliares II y III de la vía Apia (Gabucci, 2008: 240; Ramos Frendo, 2016: 145)—, fueron las primitivas necrópolis cristiana, galerías subterráneas en las que se practicaban enterramientos y que, además, servían como lugar de culto y de expresión artística. No hay que olvidar que en sus paredes encontramos los primeros testimonios simbólicos y representaciones alegóricas del cristianismo, que, en ese momento inicial, compartía la temática e iconografía pagana (Mateo, 2014: 32).

Pero antes de las catacumbas, los cristianos enterraban a sus muertos a cielo abierto (a diferencia de la costumbre pagana, que practicaba el rito de la incineración), a las afueras de la ciudad. El cambio posiblemente pudo deberse no tanto a las persecuciones, sino a las donaciones de terrenos que hicieron algunos particulares para que los menos pudientes pudieran inhumar allí a sus familiares (Gabucci, 2008: 239). Hemos de recordar que el precio del terreno para los enterramientos era elevado, cuestión esta que se unía al escaso espacio con que contaba Roma para acoger estas inhumaciones cristianas.

Las catacumbas solían localizarse en las vías principales que salían de ciudades como Roma. Estas últimas son posiblemente las más conocidas. Comunicaban la capital del Imperio con distintas ciudades italianas. Así, a la archiconocida vía Apia, que conectaba Roma con Bríndisi, se suman la vía Ardeatina, que conducía a Ardea; la vía Nomentana, que unía Roma con Nomentum; la vía Labicana, que comunicaba con Labicum (Labici), o la vía Flaminia, que llegaba hasta Ariminum, por citar solo algunas.

En varias de ellas fueron enterrados los grandes mártires del cristianismo primitivo, como san Sebastián o santa Inés. Esto hizo que estas necrópolis recibieran el nombre de aquellos que murieron en defensa del cristianismo y que se convirtieran en lugar de culto y peregrinación durante los siglos siguientes, pero también de saqueo y de abandono durante el medievo. Pero otras tantas se conocen por conservar el nombre de la ciudad en la que se encontraban.

Cuándo empezaron a utilizarse

Cronológicamente, su uso comenzó hacia mediados del siglo II, pero no fue hasta comienzos del siglo III cuando dicho uso se generalizó entre los grupos cristiano. Durante el siglo IV adquieren mayor protagonismo gracias al Concilio de Nicea en el 325 y, sobre todo, a la declaración como religión del Estado por Teodosio en el 380. A pesar de ello, su utilización parece prolongarse unos años más, hasta el siglo V, momento en el que se abandonan las catacumbas como lugar de enterramiento. Mary Lafon, en su obra Rome ancienne et moderne (Paris, 1857), nos hablaba de unas 60 catacumbas distribuidas en unos 1 200 km, cada una de ellas capaz de albergar unos 100 000 cuerpos (en Ramos Frendo, 2016: 144).  Hoy se sabe que el número podría superar los 750 000 enterramientos.

En estos pasillos subterráneos excavados en la toba italiana se encontraban los loculi y los arcosolios, que no eran más que huecos abiertos en las paredes de las galerías donde se depositaban los fallecidos en posición horizontal. Los primeros, de forma rectangular; los arcosolios, con forma de arco. Posteriormente, los cuerpos se solían cubrir con lápidas sobre las que se inscribía el nombre del allí enterrado.

Lugares de culto

En el interior de las catacumbas también se habilitaron lugares de culto, que recibían el nombre de cubiculum, así como lucernarios y respiraderos para los que allí se congregaban para despedir al difunto. Lejos de lo que se piensa, las catacumbas no eran lugar de refugio ni escondite de los primeros cristianos.

Son, por tanto, estas dos funciones, enterramiento y culto funerario, las que definieron los usos de estas galerías subterráneas. Como necrópolis, las catacumbas estaban compuesta por pasillos que les confería un aspecto laberíntico. En dichos pasillos se abrían los nichos que acogían las inhumaciones. Pero también fueron lugar de culto y peregrinación, espacios donde los primeros cristianos se reunían para rendir homenaje y respeto a Cristo y a los allí enterrados.

Actualmente varias de ellas se pueden visitar. De este modo, es recomendable ver las catacumbas de San Calixto, las de San Sebastián y las de Santa Domitila, donde podremos admirar no solo los enterramientos que aún siguen en pie sino las representaciones pictóricas que las primeras comunidades cristianas dejaron en sus paredes.

Bibliografía

ARCOS, José Luis: «Las catacumbas creadoras», en Moreno Sanz, JESÚS (coord.): María Zambrano, 1904-1991: de la razón cívica a la razón poética. Madrid, 2007. Pp. 443-449.

GABUCCI, Ada: Roma. Barcelona, 2008.

MATEO DONET, M.ª Amparo: Summa supplicia. Escenarios, formas y acciones de la muerte en los martirios cristianos (I – IV d. C.). Tesis doctoral. Universidad de Valencia, 2014.

RAMOS FRENDO, Eva M.ª: «La Junta Pro-Catacumbas de Pretextato (1926-1929): actuaciones de España para la protección del Patrimonio Cultural Paleocristiano de Roma». e-rph, Revista de Patrimonio, n.º 18. Granada, 2016. Pp. 142-168.

STRANO, Silvio. «En torno a las catacumbas cristianas de Roma: historia y aspectos iconográfico de sus pinturas». Boletín de Arte, 26-27. Universidad de Málaga, 2006, pp. 17-35.

ZAMBRANO, María: «Épocas de catacumbas». Papeles del “Seminario María Zambrano”. [Publicado originalmente en L‘approdo letterario. Rivista trimestrale di lettere e arti, n.º 12. ERI-Edizioni Rai Italiana, octubre-diciembre 1960]. Barcelona, 2002. Pp. 121-126.

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