La Basílica de San Clemente y sus niveles subterráneos

La Basílica de San Clemente y sus niveles subterráneos

La iglesia de San Clemente y sus niveles

Ubicada en la calle San Giovanni in Laterano, muy cerca del Coliseo y del monasterio agustino Santi Quattro Coronati, la iglesia de San Clemente de Letrán es una joya no solo arquitectónica, sino también histórica, artística y, como no, arqueológica. Los tres niveles que presenta la basílica permiten adentrarse en la historia y evolución de la ciudad de Roma, en sus ritos y ceremonias con el paso de los siglos, y en el culto que profesaban a sus muertos.

Por eso, la iglesia de San Clemente es, junto con la vía Apia (cuyo recorrido permite adentrarse en el mundo funerario de los primeros cristianos) uno de los mejores testimonios para profundizar en el pasado de la ciudad a través de tres períodos claramente destacados: los primeros siglos de la época imperial —conocida a través de los restos fechados entre los siglos I y III d. C.—, el siglo IV y la Baja Edad Media. Además de estas etapas principales, en la basílica también encontramos evidencias de otras improntas que se podrían encuadrar ya en época contemporánea, como la fachada.

Descendamos hacia el pasado

Los estratos más antiguos son, por tanto, de época imperial, pero datados entre los siglos I y III d. C. En 1867 unas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por el padre Joseph Mullooly, entonces prior de San Clemente, documentó una basílica paleocristiana, de la que hablaremos a continuación. Asimismo, tanto esas actuaciones como las que desde entonces se han realizado en el edificio han permitido conocer distintos edificios romanos bajo esa iglesia del siglo IV, entre los que sobresale un templo dedicado a Mitra. El culto a Mitra comenzó a difundirse hacia el siglo I d. C., aunque ya estaba presente desde el siglo I a. C. entre los soldados instalados en Asia. La vuelta de estos militares al Lacio fue, posiblemente, la principal puerta de entrada del culto en la ciudad de Roma, donde se desarrollará hasta el siglo IV d. C. (Alvar, 1995: 509-510).

En el templo de Mitra de San Clemente, el altar localizado en el triclinio, estancia dedicada a banquetes sagrados, presenta un relieve que muestra la escena típica de este culto: la muerte de un toro a manos del dios oriental. Mitra recibe un encargo del sol para que atrape a un toro y lo encierre en una cueva. Al final, para evitar que se escape, acaba matando al animal. Y ello se ha interpretado como una «alegoría del ciclo vital» (Alvar, 1995: 501-502).

El espacio descubierto en San Clemente en honor a Mitra responde a la estructura habitual de estos templos. Los mitreos solían emular cavernas subterráneas de techos abovedados, posiblemente como espacios sagrados en donde tendría lugar el mito de la muerte del toro. Aunque a primera vista pueda parecer que el altar localizado en el mitreo de San Clemente estuviera destinado al sacrificio del toro y su posterior comida ritual, parece ser que su tamaño haría improbable el uso de un toro para un sacrificio en ese espacio, aspecto este que quedaría confirmado por el hecho de que los restos óseos hallados en otros templos de Mitra corresponden a animales de pequeño tamaño (Alvar, 1995: 503).

La Basílica Paleocristiana

Sobre los restos de este templo, posiblemente construido hacia finales del siglo II, y de los restos de las otras construcciones romanas se levantó, en el siglo IV, una basílica paleocristiana para acoger al nuevo culto.  En su interior habrían estado depositados los restos de san Clemente desde que san Cirilo los encontrara en el 861 y los trasladara allí en el 867 procedentes de Crimea. Allí también reposaron los restos de san Cirilo, fallecido dos años más tarde. Las reliquias de san Clemente se trasladaron de lugar y se perdió su rastro. Actualmente, los dominicos irlandeses, que llevan custodiando el lugar desde el siglo XVII —sustituyeron a los dominicos de san Sixto, que llevaban guardando la basílica desde 1645, cuando relevaron a la congregación agustina de San Ambrosio de Milán—, localizaron un fragmento de dichas reliquias, que fue depositado en la iglesia por el papa Pablo VI. Los trabajos de Mullooly permitieron descubrir algunas pinturas de la basílica paleocristiana, como el Descenso de Cristo al limbo, con la posible representación de san Cirilo en el lado izquierdo. Se cree que esta pintura habría decorado el lugar de enterramiento de este santo en la iglesia.

En el siglo XI la iglesia es destruida. Unos años más tarde, ya en el siglo XII, se comienza a levantar un nuevo templo cristiano sobre las ruinas del anterior, que representaría el tercer nivel presente en San Clemente. Es esa la iglesia que se ve en la actualidad.

De San Clemente destacan, además de sus niveles, su decoración; la basílica de San Clemente es sumamente rica en frescos medievales. Uno especialmente singular es aquel que representa a un grupo de trabajadores portando una columna bajo la orden de un capataz. Lo llamativo es, además de la pintura en sí, fechada en el siglo XI, el texto que aparece en la escena, considerado uno de los primeros escritos en latín vulgar: «Fili de le pute, traite!» («¡Hijos de puta, tirad!»).

Igualmente, es menester destacar el mosaico que decora el ábside de la iglesia, del siglo XII, que representan El triunfo de la cruz; y los encargados por los Rapiza, como la preciosa pintura El milagro del mar de Azov. Y, por supuesto, la capilla de santa Catalina y la schola cantorum, que son dos joyas arquitectónicas.

Bibliografía

ALVAR, Jaime. «El misterio de Mitra». ALVAR, Jaime; BLÁZQUEZ, José María FERNÁNDEZ ARDANAZ, Santiago; LÓPEZ MONTEAGUDO, Guadalupe; LOZANO, Arminda; MARTÍNEZ MAZA, Clelia; PIÑERO, Antonio.Cristianismo primitivo y religiones mistéricas. Cátedra, 1995, pp. 499-513.

BASILICA SAN CLEMENTE. Basilica di San Clemente. Disponible en http://www.basilicasanclemente.com/ita/.

VILLORESI, Luca. «Roma secreta». National Geographic, vol. 19, n.º 1. Barcelona, 2006, pp. 2-25.

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